viernes, 27 de enero de 2012

Consejos para afrontar la debacle sistémica


Help! I'm dying!

El motor de este sistema herido de muerte se apaga. Ni las técnicas de primeros auxilios, ni las cirugías, ni siquiera los trasplantes servirán; es imposible salvar al condenado a la horca. Muchos intentarán hacer como si no pasara nada, pues tienen un interés vital en que el actual paradigma continúe vivo, ya que sus privilegios individuales, sus excesos y crímenes no castigados, beben de él. Pero el barco se hunde, pidiendo a gritos un cambio que nadie parece estar dispuesto a poner sobre la mesa.

Entre tanto, como individuos, hay una serie de actitudes que podemos adoptar para que los años de austeridad e inestabilidad económica no nos afecten en demasía. Tales actitudes, sobra decir, son perfectamente válidas incluso en épocas de bonanza, ya que se fundamentan en una premisa básica: consume únicamente aquello que necesites de verdad, razonadamente. De ese modo, escapamos al lazo invisible que nos echan las empresas, llevándonos por el redil del consumo descontrolado, irresponsable e ilógico.


En primer lugar, tenemos que reducir el consumo, en general y en concreto. No es una cuestión que se limite al plano monetario; muchas veces consumimos por el placer de consumir, sin que haya una necesidad real subyacente al acto de la compra. Pongo como ejemplo a esas personas que se van de tiendas todas las semanas -a veces todos los días-, y se tiran las horas delante de escaparates. Bien, por un lado me alegro por ellas (tienen una cuenta bancaria bien inflada que se lo permite), pero por otro lado pienso que a lo mejor esa tendencia a la compra continua esconde algún tipo de carencia emocional, puesta ahí por los titiriteros del sistema. ¿El placer de la compra? ¿La creencia de que la ropa les abrirá nuevas puertas o posibilidades?

En mi caso, hace casi un año que no compro ropa, porque no la necesito, y no tengo ningún reparo en seguir así hasta que una necesidad real me obligue a ir a la tienda. Mi armario está surtido de prendas variadas y en perfecto estado. No digo que no podamos darnos un capricho de vez en cuando, ni que vayamos andrajosos por la vida, pero tenemos que parar la estupidez intrínseca de "ir de compras porque sí". Esto es aplicable a todo: electrónica, muebles, utensilios de laboratorio para el cultivo de cepas mortales de viruela, etc.

Consumir menos, a la postre, redundará en un beneficio para el medioambiente, ergo, en una mejor salud de los que habitan el planeta. ¿O acaso ves una razón de ser a este crecimiento ilimitado, edificado sobre el consumo sin pausa y los abusos al medio? ¿Qué sentido tiene que las cosas duren cada vez menos y estén más caras? ¿Cómo permitimos este despropósito? ¿Somos memos? Los recursos son condenadamente finitos, deberíamos saberlo. En una palabra: locura.

En segundo lugar, para hacer efectiva la primera premisa, tenemos que desmarcarnos del grupo, desoyendo a los medios de comunicación, sesgados y contaminados por intereses económicos, y a la sociedad en general, que te empuja a consumir para ser feliz. Tener X aparato, vestir de Y manera, conducir Z coche o realizarte un mastodóntico estiramiento de pene en una clínica ilegal tailandesa no te hace mejor. Ellos te lo venden como requisito indispensable para la elaboración de la fórmula del éxito, pero es todo humo. No serás más feliz, solo más dependiente de lo material y de la opinión de los demás; garantizado.

Aquellos que te "quieren" por lo que tienes o lo que aparentas, son totalmente prescindibles en tu vida. Te perjudican con sus vacuos razonamientos y huirán como ratas ante el mínimo signo de problemas. Son esclavos del sistema y tienen mente colmena; no esperes gran cosa de ellos.

En cuanto a las autoridades... las noticias, los periódicos, los gobiernos, etc., están todo el día con la crisis a vueltas. Es un ejemplo de condicionamiento negativo. Que si la Bolsa se hunde, que si tal país necesita un rescate, etc. Con ello te "justifican" que vas a cobrar menos y pagar más y que te recortarán tus derechos; es un puñetero invento para mantenerte quieto y callado, dentro del lienzo que pintan ellos. La única crisis real es la que se han montado los dueños del tinglado, y con un poco de suerte se les acabará el chollo pronto. Lo mejor que nos puede pasar es que el sistema reviente de una vez por todas y podamos construir algo nuevo sobre estas ruinas apolilladas. No debemos desear bajo ningún concepto la recuperación de esta estructura defectuosa, ya que de ser así todo seguiría igual y no avanzaríamos.

En tercer lugar, hemos de prescindir en la medida de lo posible del coche. Subirnos a nuestro vehículo para desplazamientos dentro de nuestra ciudad es un dislate. Consume una barbaridad, tardas más tiempo buscando aparcamiento que llegando a pie, y contribuye a empobrecer tu salud, por el sedentarismo, además de contaminar que da gusto. Si limitamos su uso, veremos que nuestros ahorros crecen y que nuestra salud mejora. Idealmente, si no lo necesitamos podríamos considerar la opción de vender el coche, y así librarnos de seguros, impuestos y compañía.

El automóvil es un símbolo de una época, en mi opinión, realmente lamentable y que es mejor superar cuanto antes.

En cuarto lugar, reprogramar nuestros hábitos en casa. Dejar la tele encendida mientras estamos en otra estancia, abrir el grifo sin interrupción al lavar los platos, no apagar las luces de la habitación, no reciclar... Este es uno de los primeros obstáculos que tenemos que superar, pero a la vez el más fácil. Si hay contenedores habilitados para la separación de residuos domésticos cerca de nuestra casa, no tenemos excusa para no hacerlo, salvo que seamos diminutas marmotas y no podamos llegar a las ranuras de los susodichos contenedores. Puntualizar que si hemos seguido la primera premisa meridianamente bien, no deberíamos tener tanta basura que separar después.

Bueno, ya sé que no son unos consejos muy concretos, pero creo que se entiende la idea general: se puede vivir perfectamente con menos. No necesitamos tanto como nos hacen creer y, sobre todo, la cantidad no nos dará la felicidad. Si así fuera, ¿por qué este planeta tiene tantos problemas? Nada más que decir.

Por Elemento Cero


Alimentación y veneno


Magdalenas resecas. Ricas en minerales.

El ser humano es una máquina bastante adaptativa, y mucho más resistente de lo que pensamos. A veces, se sobrepone a dolores mayúsculos de forma sorpresiva; es capaz de aguantar tormentos indecibles en determinadas ocasiones, marcándose como objetivo la supervivencia a toda costa; puede identificar dolencias concretas y adaptar su alimentación para mitigar los dolores y acelerar la recuperación...

No en vano, la evolución ha contribuido al desarrollo de unos sistemas perfectamente especializados y coordinados, integrados en un todo que funciona en armonía -el cuerpo-. Este organismo, a mayores, cuenta con "fuerzas de seguridad" que se encargan de limpiar y eliminar elementos indeseados. Por si fuera poco, los procesos mentales de alto nivel que tienen lugar en el cerebro otorgan a este animal un plus de supervivencia, puesto que con su incuestionable inteligencia evitará situaciones de riesgo, fuentes causantes de enfermedades o alimentos en mal estado.

Es una criatura muy completa, en resumen, que no es inmortal pero que puede alargar mucho su vida si se cuida bien. Por desgracia, el ser humano no tiene en cuenta la principal amenaza a su propia existencia: otros seres humanos. Me explico: desde que vivimos en asentamientos más o menos organizados, en grupo, hay unos individuos concretos que se dedican a proporcionar alimento al grupo, ya sean los cazadores de la época de las cavernas o los agricultores del medievo.

Sucede que, con el auge del capitalismo y el afincamiento de los valores humanos en el consumo desproporcionado e irreflexivo, esas personas que ponen alimentos en nuestras mesas han pensado que tal empresa puede ser muy productiva. ¿La clave? Reducir los costos de producción -pues hoy en día ya no se caza-, reducir los controles de calidad, hacer la vista gorda en general y vender a un precio asequible la aberración, que acto seguido será devorada sin pestañear por miles y miles de ciudadanos, con demasiada prisa y poco espacio para cultivar su propio sustento.

A largo plazo vienen los problemas. Esos animales anormalmente hormonados (para que crezcan rápido), esos pesticidas, esos cultivos transgénicos, esos piensos baratos que traen de todo, esa cantidad anormal de sal y azúcar que echan incluso en el pan... tienen premio. El premio es: enfermedades de corazón, obesidad, daños a órganos vitales de carácter acumulativo, complicaciones respiratorias y mil pandemias extra, cuyo origen reside en el consumo mantenido de productos venenosos, cuya producción es -a todo punto- antiética.

Se busca el beneficio, y no hay beneficio en esperar a que los animales crezcan lentamente, que mitad de la cosecha se pierda por una plaga o que el ganado se tenga que alimentar con forraje de buena calidad. La clave del éxito reside en gastar lo menos posible en la producción de un alimento, que desde luego no sabrá nada mal, pero que será una bomba para el organismo. Los gobiernos lo permiten; no os confiéis: las etiquetas nos cuentan muy genéricamente, y de manera eufemista, los ingredientes usados en la elaboración de X producto. Así, se alientan los hábitos saludables en lo que a alimentación se refiere, pero se tolera la venta de comidas y bebidas que atentan contra la salud. Una contradicción más, una de tantas.

En consecuencia, ¿cómo podrá el sistema circulatorio afrontar el flujo continuo de grasas mutadas? ¿Cómo podrá nuestro organismo mantenerse en condiciones óptimas ante el bombardeo constante de azúcares? ¿Qué pasa con los pesticidas y su herencia química?

Mirad un momento las etiquetas de los productos que tenéis por casa; incluso aquellos que por lógica no deberían tener sal, la tienen, y lo mismo con el azúcar o con el gluten. El mismo caso es aplicable a la lactosa. Una persona intolerante a la lactosa no solo ha de dejar de consumir leche y productos derivados, sino que tendrá que renunciar forzosamente a una interminable lista de productos que utilizan el susodicho compuesto en su receta (pan de molde, chocolate, etc.).

Puede que algunos piensen que esto es el precio a pagar para que todos podamos comer algo, pero lo cierto es que se fabrica comida para 12.000 millones de habitantes, todos los días. Es el ejemplo de un sinsentido: sobra comida, pero hay hambre... Aunque esa ya es otra historia. Todo gracias a Don Dinero.

P.D.: podríamos seguir tirando del hilo. ¿Qué hay de los sulfatos que llevan los champús? ¿Por qué las pastas de dientes llevan fluoruro sódico, que es una potente neurotoxina?

Por Elemento Cero


jueves, 3 de diciembre de 2009

¿Soy bueno o malo? Tú decides

A ti voute foder eu
El título de la entrada se debe a la conclusión sacada luego de una interesante conversación mantenida con una compañera mía de clase. El epicentro de dicha tertulia ha sido el dualismo "bondad/maldad" o quizá más bien "existencia/ausencia" de dichas cualidades. Ante todo me gustaría dejar claro que respeto y entiendo muy bien lo que ella venía a decir y que esta entrada no tiene como objetivo el descalificarla o hacer prevalecer mi opinión sobre la suya. Está claro que el que me lea tendrá de primera mano solamente mi impresión respecto al tema y eso marca una diferencia, pero también es cierto que confío en el criterio de mis lectores en cuanto a cualquier temática. Y no menos cierto es que de mis ideas estoy bien orgulloso y por ello las quiero compartir con todos. Aunque sea por hacer reflexionar a una persona de veinte, cosa que, y estoy muy tranquilo, tampoco sucederá.



Y así pues la bondad y la maldad nunca han sido palabras que me hayan causado devoción. Siempre las he atribuido a ese vocabulario con el que las instituciones religiosas y en nuestro caso la eclesiástica ha intentado y conseguido, de hecho, prostituir nuestras mentes. Lo bueno y lo malo considero en gran parte que son el baremo inicial a través del cual decidir desde un punto de vista supuestamente ético o moral lo que se debía hacer. Y estoy convencido de que esos valores que hoy en día manifestamos mediante el uso de tan alienadoras palabras estaban condicionados por los intereses de la misma institución ya citada. No creo que se debiera a que comer carne en la cuaresma diferenciara para mal a una persona de otra que no lo llegara a hacer por el mero hecho de ser más practicante. Lo dicho, eso más bien son intereses, no algo que nos hace mejores seres humanos. Y si pensamos con lógica todo lo que viene después puede llegar a ser innecesario.
Es cierto que ciertas concepciones de dichos significantes en cuestión seguramente sean necesarias, ya sea porque no existe un sinónimo que se adapte a la idea que queremos transmitir y que con ellas conseguimos, o porque no es un problema tan grave como para darle solución a corto plazo. El caso es que las usamos para casi todo. Son la base de toda comparación existente y así hemos seguido hasta hoy.

Pero no todas las acepciones de bueno y malo son de mi total desagrado. Es cierto que a veces no queda más remedio que utilizarlas. Aunque en lo que me quería centrar es en mi desacuerdo hacia su uso con las personas como víctimas (lo mismo para todo ser vivo). No creo en las buenas y malas personas. Creo en las personas simplemente. Ni siquiera creo en las personas normales. Esas no son más que etiquetas que ponemos para tener más o menos un esquema de lo correcto e incorrecto y organizar nuestas ideas. Son solo invenciones de nuestros antepasados, de nuestros abuelos, de nuestros padres, de nosotros mismos. Porque el decir que una persona "es buena" o "mala" me suena a una bondad ilimitada, artificial, utópica... Suenan a cualidades que como seres imperfectos no podemos abarcar en su sentido más amplio ¿Una persona totalmente buena o absolutamente mala? ¿Con lo imperfectos que somos? Me suena a exageración. Demasiada suerte para una y triste condena para la otra. Y quizá las palabras bien y mal no sean tan contundentes si las usamos con el verbo correcto, porque lo que es con el verbo ser suena fatalmente inamovibles. Ya puede alguien supuestamente "bueno" matar veinte ancianas que por curar a tres de sus amigas del asilo será bueno si así lo asiente desde la ignorancia la enfermera o el doctor de turno. Las oraciones de tipo "Este chico es bueno porque le ayuda a su madre" o "Los asesinos (ladrones, violadores, etc) son malos" me resultan muy faltas de sentido. Y he aquí donde me surgen la mayoría de las preguntas: ¿Me consideráis buena persona? ¿O soy mala? ¿Cuándo dejaré de ser bueno y pasasé a ser malo o viceversa? ¿Tengo que hacer más cosas buenas que malas para ser bueno? ¿No os resulta muy barato pasar de ser una cosa a otra? Si cada persona opina de una forma distinta...¿dónde se hallará la verdad de si soy mejor o peor? ¿Alguien lo sabrá? ¿Hay alguna máquina que mida todo lo que hago bien y mal y que me diga de qué lado de la fuerza estoy, que por otra parte estaría hecha según unos valores dictados por un hombre cuya opinión no tiene por qué concordar con la de la mayoría de la población? ¿Qué religión, ideología, cultura, filosofía o moral es la válida? Es que no hay por donde coger eso. Yo considero que el fallo viene en que se confunde el ser bueno con el hacer cosas buenas. Porque a mi modo de ver creo que eso es una diferencia abismal. Ya se sabe lo maldito del verbo ser. Todo es, todo es y a lo mejor más de la mitad de las veces ni se asemeja a lo que parece. Simplemente es un verbo de engañabobos. El verbo que mejor esconde la realidad. El verbo que consigue que las ilusiones nos venzan humillantemente obligándonos a caer rendidos a sus pies. Eso es lo que es el verbo ser.

Y es que siguiendo con lo mismo... ¿no os pasa que ha habido un momento de vuestras vidas en que lo primero que relacionabáis tales conceptos con las personificaciones que se nos ofrecían mediante los dibujos animados? Aún es hoy cuando pienso en la maldad y en lo primero que se me viene a la cabeza es el típico personaje de los dibujos animados que se frotaba las manos mientras sonreía de una forma verdaderamente falsa y maquiavélica para luego montar las de San Quintín porque sí. O más actualmente casos recientes como el de Sauron del "Señor de los Anillos" (aunque eso está justificado supuestamente por avaricia). Pero aún así con todo y sinceramente, no creo que haya personas en el mundo que hagan cosas "malas" sin el más mínimo motivo. Hasta el más descerebrado y caníbal hijo de puta (en el sentido más peyorativo de la palabra) de este mundo tiene algo que justifica sus acciones y que lo lleva a hacer algo así, ya sean asesinos en serie, descuartizadores, violadores pirados, pirómanos o psicopátas. Un cadena de sucesos desafortunados puede hacer caer a una persona supuestamente "buena", en otra "pésima". Esa gente creo que normalmente se la considera o etiqueta como una enferma mental, aunque en determinados casos sea ayudada por su defectuosa genética (como es el caso conocido de los Supermachos, expertos violadores y maltratadores, a quienes recuerdo les sobraba un cromosoma en uno de los pares). Porque no se puede uno olvidar de que el ser humano vive en una sociedad violenta y es fácilmente manipulable aún creyendo en la mayoría de los casos que es libre. Ya sabéis: somos libres.

Por Marcos Pantani

jueves, 22 de octubre de 2009

Santidad Ahumada


La tormenta. La claridad brillante de los truenos que se cuelan por las vidrieras. La macabra iluminación de aquella maldita iglesia, aderezada con el eco de las pisadas, danzarinas solitarias. Las caras deformes de los santos, estáticas, convertidas en muecas de odio y oscuridad impenetrable. Noche. La noche que sucede al día. Aquí no reina el sol.

Los bancos proyectan una cohorte de sombras ululantes, que parecen mecerse con cada nuevo destello lumínico. Incluso da la sensación de que todo se mueve, que en esa quietud antinatural hay una presencia tenebrosa, esperando acechante el momento oportuno para salir de su escondite.

Las figuras de madera, que representan a los hasta entonces estáticos santos, empiezan a mecerse, primero con lentitud y, posteriormente, con movimientos espasmódicos. Sus ojos se abren y se cierran frenéticamente, mientras sus extremidades se contorsionan en direcciones imposibles. Sus bocas se entreabren, cogiendo fuerza, para después emitir un coro de alaridos que taladran el alma. Sangran sus ojos, pintarrajeando sus caras brillantes con líneas irregulares, y poco tardan sus ropas en teñirse de rojo carmesí... La temperatura de la iglesia oscila rápidamente entre el frío y el calor extremos.

Neblina; los santos echan humo por la boca.

Detrás del altar, en arcano ritual, el sacerdote empieza a despojarse de su ropa. Con extrema delicadeza, ignorando el endiablado ruido del lugar, dispone sobre el altar todos los objetos que había traído en un burdo maletín, siguiendo un patrón escondido en lo más profundo de su torturada mente.

Entona una misteriosa letanía y el cambio empieza a surtir efecto. Ya no es el tipo afable y comprensivo de siempre, el mismo que días atrás me decía que eso de la fe nunca debía ser tomada de forma fanática, que la tolerancia era lo más importante en un mundo como el nuestro. Ahora es una criatura alta, de por lo menos dos metros cincuenta, estilizada, y con una expresión tan sumamente amenazante en su rostro, que cualquiera de los depredadores más efectivos y letales de la naturaleza parecería un cachorro indefenso a su lado.

Un extraño cuerno le sobresale de la parte posterior de la cabeza, confiriéndole un aire de superioridad inquietante, tal que corona dorada para un rey. El color de su piel se torna morado, y varias membranas de un color más claro emergen de su cuello y espalda. ¿Un ángel? ¿Un demonio? Sus brazos hipermusculados se mueven con agilidad impropia, siguiendo, como parece ser, el ritual que había puesto en marcha. ¿Para qué? No lo sé. Y aunque las palabras que pronuncia, llenas de chasquidos heladores y de combinaciones impronunciables para un ser humano normal, son el perfecto paradigma del terror, aún más aterradora resulta la proyección de su sombra en el retablo dorado de la iglesia.

Estoy temblando, escondido entre los bancos desde el principio. El sudor perla mi frente. ¿Cómo puedo salir de aquí? Ya no me interesa nada. No me importa. Me da igual este pueblo y todo lo que hay en él.

- Viajero, acercaos- dice el sacerdote-. ¿Pensabais que no era consciente de vuestra presencia? Claro que sí. Salid.

¿Y qué más da todo ya? Eso es lo que pienso mientras empiezo a erguirme. De pie, al fondo, mirándolo fijamente. Y él, altivo, con la cabeza ligeramente alzada hacia el infinito, me tiende una mano en actitud conciliadora. La tormenta sigue rompiendo la noche de vez en cuando, mientras camino lentamente, dubitativo, por el pasillo central de la iglesia. El característico eco de estos lugares acompaña mi avance. Los santos murmullan. La niebla baja, mezclada con el humo, se aparta de mí, para cerrarse luego a mis espaldas.

- Hace mala noche para andar por ahí, hijo mío- sonríe, dejando al descubierto un par de afiladas hileras de dientes.
- Durante todo este tiempo, jamás pensé que el autor de los asesinatos fuerais vos- afirmo sin rodeos.
- ¿Asesinatos? Pero si yo no he matado a nadie- se humedece los labios-. Además, creía que vuestra estancia en nuestra humilde aldea se debe a una serie de lamentables desapariciones...
- No soy estúpido. Sea lo que sea lo que pasa aquí, está claro que andáis detrás de todo. Ver para creer, ¡un sacerdote!
- No os precipitéis en sacar conclusiones, hijo mío, que a lo mejor os equivocáis, y mucho.
- Me basta con saber que sois un demonio que se esconde tras la máscara de una persona para sospechar. ¿Dónde están todos? ¿Dónde los tenéis?- desenfundo el sable, presto para lo que haga falta.

Él le echa un vistazo a mi arma y niega con la cabeza.

- Entiendo. ¿Y creéis que eso puede hacerme algo? ¿A mí, a uno de los señores del Amanecer Dorado?
- Apuesto a que sí- y, sorprendentemente, la expresión de la criatura cambia de forma imperceptible para el ojo inexperto, pero no para el mío.
- Venid- se humedece los labios nuevamente.

Se da la vuelta sin esperar a mi reacción, se persigna de cara a la cruz, se viste rápidamente con una túnica y, luego, pone rumbo a la puerta de salida. En este mismo instante podría ensartarlo con el sable, pero lo dejo ir. Quiere enseñarme algo, supongo, y como es posible que se trate de los desaparecidos, hago cálculos mentales y decido mantener la calma y, lógicamente, extremar las precauciones. No puedo descartar la posibilidad de que esté tratando de llevarme a una trampa. Aunque su aspecto es ciertamente demoníaco, no se comporta en absoluto como cabría esperar de un ser así. Desconcertante y, sobre todo, indicativo de una inteligencia superior. Peligroso.

Nos dirigimos a uno de los edificios anexos. La puerta parece muy vieja, carcomida por las inclemencias del tiempo. El sacerdote extrae pacientemente una llave de bronce de uno de los pliegues de su ropa. La introduce en la cerradura y la hace girar con un pequeño esfuerzo. La puerta cede entre quejidos, descubriendo un pasillo descendente que se pierde en la oscuridad. Aprieto a intervalos irregulares el pomo de mi espada, como queriendo asegurarme de que aún la llevo en la mano. Él se limita a lanzarme una ojeada y a sonreír, deformando su ya de por sí endemoniado rostro. “Muy bien, sigamos”, pienso.

Cruzamos el umbral sin miramientos, aunque él se ve obligado a agacharse para poder entrar. Su largo cuerno craneal, tan afilado como la garra de un tigre, le supone un estorbo en lugares de reducidas dimensiones. Veo como chasquea los dedos y la puerta se cierra a nuestras espaldas. La intranquilidad me invade, mientras la poca luz proveniente de la luna se desvanece poco a poco, luchando fútilmente contra la puerta que se cierra. Qué lejos queda la noche.

En pocos segundos, una hilera de antorchas se enciende, dejando patente que el pasillo tiene una pendiente bastante pronunciada, en espiral. Hay un olor a humedad y a hierro muy intenso. Lo sé porque noto el sabor en la boca, no es agradable.

Seguimos bajando, escalón tras escalón. La criatura, encorvada, con la túnica arrastrando, terriblemente sucia por las zonas que se deslizan sobre el suelo... Y yo siempre a unos pocos pasos por detrás, con el sable en mano, atento.

Cerca del final ya empiezan a aparecer extrañas runas en las paredes. Pintadas con colores muy variados, su significado está mucho más allá de mis conocimientos, aunque semejan una mezcla aleatoria de runas de distinta procedencia.

Una puerta. Otra puerta. Cerrada. El sacerdote se queda quieto, justo enfrente de ella, y pronuncia dos palabras monosilábicas, o quizás una misma palabra en dos tiempos. Sea lo que sea, la madera de la puerta y el hierro de los goznes obedecen su orden y se abren de par en par. Entramos.

Él da unos cuantos pasos más y se gira hacia mí. Entre tanto, yo camino con prudencia, mirando en todas direcciones. No hay nada, la estancia está completamente vacía. Luego llega uno de esos momentos más bien propios de las historias de miedo que se cuentan en las tabernas, cuando noto que algo está goteando sobre mi hombro. Extiendo el sable, tratando de erigir una barrera entre la criatura y yo por precaución, y a continuación alzo la mirada...

Colgados de ganchos de hierro, sujetos al techo, hay hileras interminables de... cadáveres. En espantosas muecas, de muerte súbita y dolorosa. Decenas de ellos, desde niños a ancianos. Todos los desaparecidos que había estado investigando en los últimos días (y muchos otros de los que ni siquiera había oído hablar) están aquí.

El sacerdote sonríe. Parece que todo le hace gracia y se mantiene calmado, mas también es cierto que su cuerpo da la impresión de haber menguado. No entiendo nada.

- Los habéis matado- articulo no sin cierta dificultad.
- No hay muerte. Muerte no hay, hijo mío. Que en el cielo viven todos, en el reino de nuestro Señor. Inmortales, han pagado por sus pecados y ahora ya nada han de temer.
- ¡Callaos! Estáis loco, pero ¿qué habéis hecho? ¿Por qué?- me acerco a él amenazante-. Hablad u os atravieso, vil criatura.

Su mirada es un acertijo. ¿Está pensando? ¿En qué? ¿Por qué me permite ver esto? Está claro que no me dejará salir de aquí vivo.

- Desde niño he creído en Dios. He leído sobre los castigos divinos, sobre la necesidad de redención por parte de los pecadores. Todos nosotros, en fin, malditos desde el nacimiento. Seres de corrupción infame, alabamos a un señor divino para descargar nuestra conciencia y aliviar nuestra existencia. Mas, nadie parece escuchar... Y, ¿sabéis qué? Hay que creer, hay que creer en el Señor, porque Él nos salvará.
- No entiendo nada ¿qué pretendéis decirme con eso?
- Decidme ¿creéis en Dios?
- Por supuesto. Si no fuera así, no trabajaría para la Santa Inquisición.
- Esa respuesta no es del todo convincente. Bien pudiera ser que trabajarais para ellos por temor...
- Poco importa lo que crea o lo que no. Habéis cometido un crimen y seréis juzgado por ello. Entregaos, por favor, no lo hagáis más difícil.
- El Señor respalda mis acciones. Con su Libro Sagrado extiendo la verdad en estas tierras abandonadas y consumo su obra más hermosa y perfecta- recita tal que si fuera una arenga de los domingos, en misa, al mismo tiempo que su aspecto cambia nuevamente.
- Parece que vuestro cuerpo se desinfla, padre- comento con sorna-. Quiero explicaciones, ¡ya!
- El Señor, el Señor Dorado- está muy nervioso-. Él ha venido a mí y me ha dicho lo que tenía que hacer. Acabar con los pecadores, mandarlos al Reino de los Cielos, y luego... devorar su carne infecta para purificar su cuerpo y que el espíritu no vagabundee por el reino de los vivos.

En ese momento miro para los cadáveres y descubro algo que inicialmente se me había escapado: les faltan partes del cuerpo, arrancadas, descuartizadas. Sin ojos, sin dedos, sin manos... Literalmente desangrados. Pura brutalidad.

- ¿Quién es el Señor Dorado?- pregunto, tratando de tirar más del hilo. El sacerdote quiere hablar, aunque podría ser una trampa o simple arrepentimiento, si bien dudo de esto último.
- El Señor Dorado, es el más importante de entre nosotros. Porque hay muchos más como yo, ¿sabéis? Muchos más, claro que sí, muchos más. Y Él reina en el palacio de Cristo, guiando a los pobres mortales, indefensos ante el pecado y el mal de Lucifer.
- ¡No puede ser! El Vaticano... Eso es una blasfemia.

La criatura, cada vez más pequeña, realiza una curiosa mueca con la boca, dejando al descubierto sus encías. Eso puede significar cualquier cosa, el sacerdote no confirma ni desmiente mi conjetura. Luego, mientras el brillo de sus ojos se vuelve más oscuro y hostil, da dos pasos hacia delante. Su cuerpo recuerda por momentos al hombre que yo conocía, bonachón y práctico.

Como accionado por un resorte, se lanza contra mí y me agarra por el cuello. Inesperadamente, es incapaz de moverme. No tiene fuerza. Desprovisto de su cuerno, de sus membranas, de todo, en resumidas cuentas, lo demoníaco que había en su ser, ante mí se yergue un hombre, totalmente normal.

Sus ojos llorosos, su mirada vacía. El pelo despeinado, en todas direcciones; sus dientes ennegrecidos a saber por qué... Y luego, veo cómo se cae al suelo, entre sollozos, repitiendo incesantemente que había pecado y que tenía que rendir cuentas ante el Señor y sus tribunales celestiales. Se lleva las manos a la cabeza y grita. Y llora y grita. Alternativamente, sin parar.

De rodillas, entre un jardín de muertos colgados. La locura más intensa, en su creación más disparatada. Matar a otros seres y devorar sus cuerpos y sus almas, creyéndose con la verdad, quizás dejándose guiar por algún tipo de doctrina sectaria. Y descubrir, paradójicamente, que el único extraviado por el camino había sido él. Que de tanto comer había quedado vacío por dentro.

En las investigaciones posteriores, se descubrieron compartimentos secretos esparcidos por toda la iglesia. Las figuras de los santos eran huecas por dentro y tenían unas cápsulas de substancias alucinógenas, que se liberaban al presionar una baldosa situada tras el altar. La neblina, el humo de aquella noche, había tenido mucho que ver con todo lo que había ocurrido. Yo había visto una criatura y quién sabe lo que habría visto el sacerdote. Pobre diablo.

Luego de dar la pertinente sepultura cristiana a los fallecidos, redactar el informe y entregar al cura a las autoridades en la ciudad, recibí orden directa de la Inquisición de dejar la investigación y no volver a ella nunca más. Punto muerto, hilo cortado. Mas ¿qué había de real en su locura?


Por Elemento Cero

 
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